Segunda Parte: ¿Por qué planchas aquí abajo?
Tercera Parte: ¡Si apenas tienen electricidad para hacer un expresso!
Un pasillo casi interminable se abría camino tras aquella enorme y erosionada puerta de madera. Los últimos rayos de sol del ocaso se proyectaban desde los sucios cristales de las ventanas sobre la pared, y una ingente cantidad de telarañas. Apoyados en las paredes apenas se podían vislumbrar viejos artilugios metálicos oxidados, escombros y trozos de madera polvorienta y deteriorada sobre una alfombra casi deshecha. Me dio miedo seguir caminando, temía que el suelo venciese bajo mis pies. Oí un ruido muy agudo, me pareció una rata, y salí corriendo de allí pocos segundos después al notar como algo rozaba mi cuello.
- Tengo que volver- pensé- quiero saber qué coño es eso, a donde lleva ese pasillo.
Cerré cuidadosamente la puerta y bajé a toda prisa a buscar una cuerda, busqué por todos lados, sin suerte alguna, así que fui a la ferretería del barrio. Volví y me puse unos vaqueros largos, para no hacerme daño si me caía, y unas zapatillas de deporte. Aproveché para coger una linterna y una navaja, ya que me sentía algo inseguro ante lo que parecían ser ratas.
Entré en la habitación de la plancha, abrí la ventana, até la cuerda a las rejas, y agarré la cuerda con fuerza mientras abría la vieja puerta del rincón. Cada vez la noche era más oscura. Comencé a caminar por el pasillo, agarrando más fuertemente la cuerda a medida que iba avanzando, a la vez que sujetaba la linterna con la mano izquierda. Aquello estaba plagado de arañas, de todos los tamaños, y pude sentir como se me subían por la cabeza, el cuello y las manos, y yo me agitaba súbitamente para librarme de ellas. Sentía algo de asco, ya que estaba continuamente enredado en telas de araña, pero, sobre todo, miedo, pues no sabía hacia donde iba, ni sabía qué tipo de bicho o animal podría encontrarme allí. Seguí caminando, sorteé un par de grandes trozos de madera astillada y carcomida. - Ya casi está- pensé. Casi podía tocar la puerta al final del pasillo, y de pronto, el suelo se derrumbó con un estruendo y quedé suspendido entre el pasillo y el piso de abajo, aquello estaba más oscuro incluso que el pasillo. Al agarrar la cuerda con las dos manos, mi linterna se cayó, sentí un miedo horrible, no quería caer, y en ese momento me sentí como si en el piso de abajo me esperaran miles de serpientes, fuego, o incluso peor, varios metros de caída. La linterna debió de romperse con el golpe, o al menos se le deberían haber salido las pilas, o ese era mi cobarde anhelo. Trepé por la cuerda como si me fuera la vida en ello, y me aferré al borde, que conforme iba agarrando se iba deshaciendo en pedazos, hasta que finalmente me agarré a la alfombra que colgaba sujeta por los escombros. Subí aliviado, me recuperé y pensé en cómo atravesar aquel agujero para llegar a la puerta. Decidí soltar la cuerda de los barrotes de la ventana de la habitación de la plancha y abrir la última ventana del pasillo para así atar la cuerda en los barrotes de ésta, y, con mucha dificultad, conseguí llegar hasta el otro lado.
Intenté abrir la puerta, pero se quedaba atascada a un palmo del recorrido, y yo, turbado por el reciente incidente, la empujé vertiginosamente hasta que conseguí abrirla lo suficiente como para poder pasar. Una vez traspasada la puerta me encontré en un gran salón oscuro, apenas podía ver las paredes de enfrente de las ventanas, saqué mi paquete de tabaco, y de dentro de él mi mechero, e inspeccioné todo aquello que alcancé a ver. El suelo aquí era más firme y estaba recubierto por pequeños baldosines cuadrangulares, típicos de las casas antiguas. Al acercarme a una vieja chimenea encontré dos candelabros polvorientos, cogí uno y le quité tantas telarañas y polvo como pude, y encendí una vela de las seis que tenía el candelabro, pensé: - Mejor una sola, al menos tendré menos luz durante más tiempo-.
Aquello era bastante inquietante, imaginé que debía estar en la casa abandonada contigua a la mía, pero ¿por qué comunicaba mi casa con ésta? ¿Por qué estaba la puerta oculta con un tapiz? ¿Qué fue lo que asustó tanto a mi madre? Sí que aquel largo pasillo era lúgubre y siniestro, pero no como para desencajar su cara de aquella manera.
Seguí buscando por allí, pero no había nada fuera de lo normal, un gran sofá anticuado, cuadros, un gran espejo, sillas, una estantería y un aparador. Me acordé de doña Benita, ¿por qué habría zanjado tan rápidamente el asunto?
Dejé el candelabro en el suelo y seguí buscando en el aparador. Había libros con cubiertas de cuero con relieves, la mayoría con motivos vegetales, papeles amarillentos, figuritas de porcelana rotas, y otros objetos diversos. Intentaba encontrar respuestas a mis preguntas, pero lo único que conseguía era no parar de estornudar. Me llevé todos los manuscritos que encontré y un álbum de fotos muy gastado. Estaba muy oscuro como para encontrar nada interesante allí, de modo que dejé el candelabro sobre la chimenea y volví al pasillo, y sobrepasé el agujero de un salto. Cerré las viejas puertas y la puerta de la habitación de la plancha con la llave que aún estaba en su cerradura. Fui a mi habitación, eché un vistazo a las hojas, pero parecían antiguos recibos y cartas formales, nada interesante, hasta que empezó a sonar mi móvil, ¡era Clara! Había olvidado por completo que había quedado con ella y con los chicos. Dejé aquellos papeles y contesté al teléfono:
- Pero, ¿dónde estás, tío? – Dijo extrañada.
- En casa, es que no encuentro las llaves y no puedo salir sin ellas- Dije vacilante, ya que usaba a menudo esa excusa-.
- ¡Ven ya hombre, que te estamos esperando para ir a cenar y tenemos hambre!
- Vale, vale, en cinco minutos estoy allí.
Clara sabría perfectamente que lo de las llaves seguramente no fuera cierto, me conocía perfectamente, y por eso sabía que a menudo necesitaba de tiempo para estar solo, y por eso no cuestionaba mis excusas. Dejé los papeles, me lavé las manos, cogí las llaves y algo de dinero y me puse en camino.
Pasamos una noche muy entretenida, los chicos estaban especialmente alegres y simpáticos, como si todos hubieran planeado pasar una noche agradable, tuvimos interminables temas de conversación durante toda la noche, como si hiciera varios meses que no nos veíamos, como cuando en el colegio volvíamos de las vacaciones y había tantas cosas que contar. Al acabar de cenar decidimos terminar la noche en un muelle de la costa, a diez minutos en coche, bebiendo cerveza bajo la luz de las estrellas, y únicamente iluminados por el reflejo de las farolas de la ciudad en el mar. Aunque acababa de empezar la primavera, el tiempo era muy agradable para pasar la noche allí, solíamos hacerlo muy de vez en cuando en esta época.
Los chicos estuvieron hablando de sus planes de futuro, Cristina quería ir a la universidad, quería ser enfermera. Ella, por encima de todo, sentía la necesidad de ayudar a la gente, de cuidarla, y planeaba convertirse en una mujer autosuficiente y madura, aunque seguía sin respuesta ante muchos dilemas morales que le planteábamos referente al campo de la medicina, la pobre era demasiado diplomática como para decantarse por una u otra idea cuando éstas eran tan importantes.
Alberto sólo pensaba en que algún día podría irse de vacaciones, pero luego volvía a poner los pies en la tierra y rectificaba con un “pero no puedo porque hay demasiadas cosas que me atan aquí”. Clara estudiaba su primer año de Ciencias Políticas en
- Oye, ¿cómo van tus cuadros, Carlos?- Preguntó como el que recuerda al final del día felicitar un cumpleaños.
- Bueno… cada vez estoy menos inspirado, últimamente no hago nada que merezca la pena.- Dije algo desanimado.
- ¡Pero si siempre dices lo mismo! ¡Pinta unas cosas impresionantes!- Dijo intentando informar a Cristina, que era la única que apenas veía las cosas que yo pintaba, le producía muchísima vergüenza la simple idea de ir sola a mi casa, e incluso más aún, la posible idea de interrumpirme en mi trabajo. Vio algunos dibujos que presenté a un concurso y un retrato que le regalé, pero que pareció no gustarle demasiado.
- No, lo digo en serio, desde esta navidad todo lo que hago me parece feo, no tienen vida, y el color es… Bueno, ¡es todo un horror!
- ¡Toma, bébete una cerveza, Van Gogh, a ver si te viene la inspiración!- Dijo Quique bromeando.- No te preocupes tanto, a veces, simplemente, necesitamos descansar y lo que hacemos es reflejo de cómo estamos por dentro, no intentes que todo lo que haces tenga el mismo aspecto o el mismo estilo, y en su lugar, intenta comprender tus composiciones, quizá te enriquezca más que seguir tirando del mismo carrete siempre.- Concluyó mientras me cogía un cigarrillo.
Quique era sorprendente. La mayor parte del tiempo permanecía a nuestro lado como una persona más en este mundo, difuso y desdibujado con el resto de personas y con el fondo, como en un cuadro impresionista, pero cuando decías algo fuera de lo rutinario, o cuando algo te atormentaba leve o gravemente, daba un punto de vista diferente y revelador.
- Oye, mañana voy a tu casa, quiero ver tus pinturas, quizás Quique tenga razón y esto sea el principio de otra etapa.- Dijo Clara intentando traducir en acciones las soluciones, como era muy propio de ella. A ella le encantaba ver la evolución de cada cuadro desde lo más simple, le gustaba dar su opinión e ir profundizando un poco en el proceso creativo, y a mí también me encantaba que lo hiciera, porque quizás no tuviera mucha destreza, pero tenía cierto talento y cierta intuición.
- Bueno chicos, dejaos las clases de pintura e id recogiendo, que es tarde. No os olvidéis de recoger la basura.- dijo Alberto.
Al día siguiente desperté enrollado en las sabanas, que habían terminado fuera de su sitio. Abrí las ventanas y miré el reloj, eran las diez de la mañana, eché una ojeada al patio, y me percaté de que, al lado del balcón seguían aquellos papeles y el álbum de fotos que había cogido el día anterior. Les eché una ojeada. Había papeles amarillentos en los que casi no se podía leer una palabra, sin embargo las fotos del álbum estaban en mejor estado, aunque amarillentas también. En ellas se podía ver una familia acomodada posando en un resplandeciente jardín, una gruesa señora en el centro, que parecía ser la matriarca, y a su alrededor dos señoritas jóvenes, un anciano y un niño pequeño junto a éste. Había otras fotos, pero eran las mismas personas en solitario, de cualquier forma, había mayor número de fotos del niño, en lo que parecía un antiguo estudio de fotografía, en diferentes actitudes, todas ellas cotidianas. Eran unas fotos preciosas. Por un momento me sentí como un asaltador de tumbas, como el que roba recuerdos, pensé que esas fotos debería tenerlas ese niño, si seguía vivo, claro, o algún otro miembro de esa familia. Y decidido a poner fin a mi pueril aventura de Sherlock Holmes, me encaminé a devolver todas las cosas a su sitio. Cogí las llaves, que guardé cuidadosamente en el interior del armario, y subí hacia la habitación de la plancha, atravesé el pasillo, salté rápidamente el hueco y abrí la puerta. Para mi sorpresa, allí no había absolutamente nada, ni muebles, ni candelabros, ni nada, tan solo quedaba la polvorienta chimenea, me asusté, supuse que algún familiar de los de la foto, habría entrado y se los habría llevado. Quizás piensa reformar la casa, pero, ¡dios santo! Habría que tapiar esa puerta del pasillo. Me saqué de mis enraizadas suposiciones y decidí dejar el álbum de fotos y los papeles sobre la chimenea, para que pudieran cogerlo si volvían.
Empezó a sonar el timbre de mi casa, ¡Clara!, no me acordaba de que iba a venir a casa a ver mis pinturas. Salí corriendo de allí casi sin pensar en nada más, bajé atropelladamente las escaleras y abrí la puerta.
- ¿Te he despertado? Ya era hora, ¿no?- Dijo Clara bromeando.
- En absoluto, me he despertado hace un rato. Pasa, pasa.
La llevé a mi habitación, hice corriendo la cama algo avergonzado, porque no quería que terminara haciéndola Clara para poder sentarse, y mientras lo hacía pensé en enseñarle a ella las fotos y la casa que comunicaba con la mía.
- ¿Te he hablado alguna vez de la habitación de la plancha? ¿Esa que siempre ha estado cerrada?- Le pregunté.
- ¡Huy! Sí, sobre todo Quique me habló de ella, intentando darme miedo, me contó que cuando erais pequeños solíais ir a tu casa, y jugabais a que esa habitación estaba embrujada….
- Sí, sí, sí, esa habitación.-Dije de súbito interrumpiéndola. Hubo una pausa.- Pues la he abierto, conseguí encontrar la llave y entrar…
- ¿Qué dices?- Me interrumpió.
- Sí, sí, pero eso es lo de menos, ven, hay algo que quiero enseñarte.
- Bueno, vamos.- Dijo muy decidida.
Subí las escaleras y ella me siguió, mientras subíamos se fijó en cómo aún estaba la llave en la cerradura. -Vaya, con las prisas la dejé ahí.- pensé. Giré la manivela y entramos en la habitación de la plancha.
- ¡Vaya!- dijo Clara impresionada.- Da un poco de miedo.
- Pues mira esto:
Me acerqué hacia el tapiz del rincón y lo levanté mientras miraba atento a la reacción de Clara. Miró un segundo hacia mis manos y luego me miró a la cara, como esperando a que yo dijera algo.
- Bueno… ¿Y…?- Dijo expectante.
- ¡¿Cómo que “¿Y…?” ?! – Dije mientras giraba mi cabeza hacia la puerta. Cuando me di cuenta que en realidad, ¡No había puerta! Solamente una pared vieja y desgastada.
- ¿Te refieres al tapiz? Es muy bonito, ¿crees que será antiguo? ¿Tendrá algún valor especial? Pero, ¿qué pasa?- Dijo Clara muy intrigada. Yo me quedé pensativo, no era posible que en cinco minutos alguien hubiera tapiado esa puerta, ni siquiera habría dado tiempo a secarse, y mucho menos a llenarse de polvo y suciedad. ¿Será algún tipo de broma? Intenté asegurarme, y golpeé un par de veces la pared, e intenté empujarla, incluso me agaché para mirar si había alguna rendija, nada. Clara me miraba como si me hubiera vuelto loco, supe que no podría contarle absolutamente nada, ella es demasiado racional, así que opté por guardar las apariencias.
- Bueno… esto… había una extraña mancha anoche, pero claro, imagino que sería alguna sombra o de la propia linterna.- Mentí hábilmente.
¡No lo podía creer! ¡Ayer había aquí mismo una puerta! ¡Recogí unos papeles y unas fotos! ¡Mierda! ¿Por qué tuve que dejarlos allí dentro? ¿Me estaré volviendo loco? No, no, ¡en absoluto! La llave está en la puerta, perdí mi linterna allí dentro, vi todo aquello, recogí las fotos y los papeles, pero… ¿Qué significa todo esto?