viernes 11 de marzo de 2011

Ludderdwort


- Hoy no he vivido nada... Nada, todo es negro. No recuerdo nada. Parece que uno deja de dormir para algo, para poder vivir un poco y cansarse lo suficiente, pero… nada.
De pronto, una figura se acercó – No es posible que no hayas vivido nada, será que no lo recuerdas, pero siempre vivimos algo, todas las mañanas. – replicó en un tono benevolente. Samuel se giró y observó aquella silueta, que poco a poco, pero rápido a la vez, empezó a hacerse nítida: en su cara, de rasgos masculinos pero gráciles, destacaban por encima de todo sus ojos azul cian, enmarcados por unas espesas cejas negras; su blanquísima piel cedía en su claridad en forma de pequeñas y escasas pecas bajo sus ojos. Vestía una camiseta de color verde flúor apagado y unos vaqueros azules desteñidos.

- Quizás simplemente hayas vivido demasiado intensamente, y por eso no lo recuerdas, o quizás estás aún demasiado dormido, ¿quién lo sabe? – Volvió a hablar el chico ahora claro y nítido.

Samuel notó, casi en un baile hipnótico, como algunas de sus palabras resonaban en un eco envolvente. Unas acariciaban sus sentidos, lo transportaban suavemente a una comodidad propia de una cama mullida e ingrávida; otras, en cambio, le arañaban como un zumbido eléctrico hasta el más insensible de sus sentidos. – ¡Es tan agradable este sueño! ¡Es tan auténtica esta vida! – Pensó. Sentía pertenecer a estos momentos y a estos estados más que a cualquier otra cosa en el mundo, en el tiempo o en su mente.

- ¿Quién eres? – Preguntó Samuel al chico de pelo negro.
- ¿Quién crees que soy? – Respondió él
- Creo que eres un perfecto desconocido. – Contestó amable pero contundente.
- En eso estás en lo cierto, desconoces lo necesario e intuyes lo justo.
- ¿Cuál es tu nombre? – Insistió Samuel.
- Me llamo Babai.
- Yo soy Samuel.

De pronto, Samuel creyó ver pequeños rayos eléctricos azulados alrededor de los ojos de Babai, y unas nubes color salmón rodearon su figura. Sintió, por menos de un segundo, que algo lo imantaba a su sabiduría; sintió que ya conocía a Babai, empezó a saber en ese momento mucho más que hacía un minuto, y sintió como si todo aquello que se le acababa de revelar lo hubiera conocido desde siempre.


- Tú eres mi guía, ¿no es así? – Preguntó Samuel casi sorprendido.

- Eso es lo que acabas de decir.
- ¿Por qué hoy no he vivido nada? – Dijo ansioso.
- Eso no es posible, estarías muerto en ese caso. Siempre vivimos algo, no siempre lo recordamos. A veces lo que vivimos se nos revela aquí mismo, aunque no recordemos con claridad. – Sentenció

De pronto Samuel volvió a sentir que Babai era un completo desconocido otra vez. Los rayos desaparecieron, incluso su intuición, y entre humo anaranjado su silueta se desvaneció como si nunca antes hubiera estado allí.


Bajó la vista y observó sus pies sumergidos en el agua, junto a un par de piedras redondas y pálidas. Estaba sumergido hasta la altura de los muslos. El agua presumía de un frescor reconfortante y revitalizante, bajo una sombra fresca de un amanecer reciente que se derramaba entre las ramas de los sauces y los álamos. No había absolutamente nadie alrededor. Ni un solo pájaro siquiera, ni un solo insecto era visible, tan solo ramas entramadas, troncos blanquecinos, hojas y más hojas. Ni una sola onda perturbaba la planitud de aquellas aguas; varios estanques de forma circular, en uno de los lados en disposición escalonada. A cada paso notaba como el agua enfriaba y mojaba nuevas y más altas longitudes de sus piernas en un soplo de deshielo en un muy cálido verano. Sólo enmudecía aquel silencio el blandir del agua junto con sus lívidas piernas a través de las aguas, casi flotantes. Apenas unos pocos rayos de sol podían alcanzar el agua o su piel, que desdibujados y tímidos esbozaban la afirmación del alba. – Quiero vivir aquí para siempre – Pensó Samuel aún fascinado por aquella atmósfera de paz. Siguió caminando y llevando a sus oídos más allá del cielo a cada sonoro y acuoso paso.


Samuel se acercó a los estanques escalonados, y fue bajando a través de ellos, mientras seguía contemplando la inmensa cantidad de árboles que le rodeaban. Llegó hasta el último escalón, y allí se sumergió totalmente. Cerró los ojos, e instantes después, quién sabe si días en realidad, perdió el hilo de sus pensamientos. Sintió que él mismo era aquel estanque, y que aquel estanque, en realidad, era él mismo, Samuel. Sintió que aquel lugar era su hogar, pero que también era el propio morador de su alma y su cuerpo. Siguió dando cuerda al hilo de sus pensamientos hasta que olvidó esto último y volvió a recordarlo. Emergió y giró sobre sí hacia su espalda, donde estaba Babai.


- Éste es tu lugar, tu “Ludderdwort”, vuelve aquí siempre que necesites cobijo o consuelo, siempre que tu fortaleza decaiga. Este lugar es solamente tuyo y podrás venir a él siempre que así lo desees. Recuérdalo siempre. – Dijo Babai.


Nuevamente su voz sonaba envolvente y un eco abrazaba ciertas palabras caprichosamente. Samuel comprendió que Babai realmente desentrañaba una lectura más profunda de todo lo que él, por otro lado, hacía de forma natural y espontánea, adelantándose a una posible necesidad de futuro consejo.


- ¿Crees que necesitaré saber esto en el futuro? – Dedujo Samuel.

- No creo nada en absoluto. Mi memoria entiende del pasado y del futuro, pero no siempre con claridad, teniendo en cuenta que tan sólo son conceptos. Sin embargo, jamás podré decirte algo que no sepas o que no se encuentre dentro de ti. Soy tan solo un punto de luz, una señal que recuerda tu necesidad de autocontrol, adónde apunta esa luz es algo que sólo tú decides.

- ¿Adónde vamos?
- A clase. ¿Por qué me preguntas? Eres tú quien va delante. – Contestó Babai.
Algo empujaba realmente a Samuel a aquello, sin saber ciertamente por qué. Desconocía el origen de aquello. – ¿En qué momento decidí ir a clase? ¿A clase de qué voy? ¿Desde cuándo estoy caminando? – Se preguntaba incansablemente. De pronto sintió un impulso: - ¿Al instituto? ¡Pero si ya lo terminé! No quiero ir allí. – Sintió que quería rebelarse contra esa voluntad que le parecía impuesta por algo que desconocía.
- No, no, no, no… ¡Me voy a casa! ¿Qué hago yendo al instituto? ¡Ni siquiera estoy matriculado! ¡Ya terminé el último curso! Me voy a casa. – Dijo contrariado.
- Vamos a donde tú quieras. – Replicó Babai.

De pronto empezó a sentirse perseguido; empezó a sentir que estaba haciendo algo malo. Se sintió como cuando alguna vez se había saltado las clases en el instituto. Comenzó a mirar a todos lados, nervioso, y a andar rápida y sigilosamente, pretendiendo no ser visto.


- ¡Babai! ¡Te van a ver! ¡Escóndete!

Babai hizo lo propio, y, casi sin darse cuenta, se vieron corriendo el uno al lado del otro. Siguieron en carrera hasta que, casi sin saber cómo, llegaron a la puerta de la casa de Samuel. Tenía un aspecto frío y distante. La puerta estaba abierta. Samuel y Babai se adentraron en la casa; estaba prácticamente destartalada: las paredes de cal estaban raídas y picadas, los cristales de las puertas permanecían inmóviles y polvorientos en el suelo, había escombros y ladrillos rotos por todo el suelo y viejas telarañas en las paredes y las esquinas.

- ¿Qué le ha pasado a mi casa? ¡Esta no es mi casa! – Preguntó Samuel confundido.

- ¿Qué quieres decir?
- Los muebles, las escaleras, las puertas… ¡ni la pintura de las paredes es la misma! Ésta no es mi casa, es como si hubieran puesto restos de otras casas viejas sobre ella. Las escaleras de mi casa no son de madera, ni los techos no son tan bajos, ni las lámparas son éstas… ¡Vámonos de aquí!

Pocos minutos después, tras haber observado un poco más aquella peculiar escena, salieron de la casa. La calle estaba casi desierta, la poca gente que pasaba lo hacía muy deprisa y sin apartar la vista de las paredes. El barrio tenía un aspecto extraño, enrarecido y frío.


- Vamos a casa de mi abuelo, es lo único que se me ocurre… – Dijo Samuel en un impulso que aún intentaba encontrarle razonamiento. – A lo mejor conseguimos sacar algo en claro.


Siguieron caminando hasta que llegaron a la puerta de la casa del abuelo de Samuel. La puerta también estaba abierta. – ¿Por qué están todas las puertas de las casas abiertas? – Preguntó Samuel para sí. Se adentraron en la casa; la luz que entraba por la puerta reflejaba un brillo enturbiado en el suelo frío. La soledad de la casa hacía más altos los techos y más profundos los ecos de sus pasos. Todo estaba impecable, cada mueble en su sitio, ni una mota de polvo y el aire era fresco y fragante. De pronto escucharon lo que les pareció un grave y potente rugido.


- ¿Qué es eso?

- No lo sé. – Contestó Babai.
Volvieron a oír el rugido, pero esta vez era más claro y más contundente. Samuel giró la cabeza, intentando averiguar de dónde procedía aquel bramido.
- Viene del fondo, allí, ¡de la izquierda!
- ¿A dónde vas? – Preguntó Babai mientras Samuel corría en aquella dirección.
- Quiero saber qué está pasando.

Samuel corrió hacia el lado izquierdo, pasó de largo del amplio recibidor, pasando su mano por los altos sofás ornamentales de terciopelo, y abrió la puerta que estaba a la izquierda de la puerta del patio. La atravesó, caminó por el comedor y volvió a atravesar otra puerta, caminó por el estrecho pasillo y se quedó parado en las sencillas escaleras que subían al segundo piso. Volvió a escucharse un rugido.


- ¡Babai! Parece que viniera de detrás de esta pared. – Dijo mientras pegaba su oído a ella.

- Yo creo que suena en el piso de arriba.
Samuel empezó a golpear suavemente la pared y escuchar el sonido resultante, hasta que, cerca de una lámpara que imitaba un antiguo candil, podía escuchar un sonido diferente.
- ¡Suena a hueco! – Dijo Samuel, que apresuradamente comenzó a golpear más fuertemente la pared hasta que empezó a romperse. Torpemente consiguió hacer un agujero por el que él mismo pudiera pasar.

- ¿No irás a entrar ahí? – Dijo Babai con desaprobación.

- ¡¿Cómo no?! Suena aquí dentro. Hay algo ahí dentro. Quiero saber lo que es. – Replicó
- Suena más hacia el piso de arriba.

Para cuando Babai dijo aquello, Samuel ya había atravesado aquel agujero. Estaba muy oscuro allí dentro y tan solo veía chiribitas. Poco a poco, y casi sin moverse, su visión comenzó a aclararse y vio en aquella oscuridad tan profunda una escalera anclada en la pared y lo que parecían unas polvorientas vigas de hierro.


- ¡¡¡Está arriba!!! ¡¡Sal de ahí Samuel, sal de ahí!! – dijo Babai en un grito enérgico y angustiado.

- ¿Qué pasa? – Preguntó Samuel asustado mientras intentaba asomarse por el agujero.
- ¡¡Sal de ahí, rápido!! ¡¡Corre!!

Empezaron a oírse unos pasos ciclópeos en el piso superior. Mientras, Samuel salía de aquel agujero atropelladamente. De pronto su pulso se aceleró, su adrenalina se disparó y comenzó a sentirse angustiado. Salió de allí y siguió corriendo.

- ¡Por aquí, sígueme! – Dijo Babai

Salieron del pasillo, corrieron por el comedor y volvieron a llegar a la amplia entrada. Una vez allí, Babai salió corriendo por las grandes escaleras principales, de piedra, y Samuel siguió sus pasos tan a prisa como podía. Llegaron a un rellano, y abrieron tantas puertas como encontraron en él, intentando seguir aquel rugido y llegar a él. Finalmente entraron por la puerta de la izquierda, cruzaron un gran salón, atravesaron una puerta, y allí, ante sus ojos, pudieron ver una gran bestia de enorme tamaño y pelaje marrón. En su boca había más dientes de lo que serían capaces de contar incluso con la ayuda de sus dedos, sus ojos totalmente negros brillaban en la expresión agresiva de su cara y finalmente dos cuernos de un negro violáceo duros como el diamante coronaban su enorme cabeza. Al verlos, la bestia rugió aún más fuerte, su boca era tan grande que podría morder sus torsos por completo sin ningún problema. Se acercó rápidamente a Babai, quien abalanzó sus manos en dirección a la bestia, que, sin darle tiempo alguno a Babai, lo agarró de su camiseta y lo lanzó fuera de la habitación atravesando la alta ventana.

- ¡¡¡Babai!!! – Gritó Samuel aterrorizado.

Samuel quedó totalmente petrificado mientras la bestia mantenía su mirada fija en él, ambos permanecieron unos segundos parados, un sudor frío recorrió la espalda de Samuel, hasta que la bestia se dirigió algo más lentamente hacia él. La bestia levantó sus afiladas garras en ademán de atacarle, mientras Samuel ansiaba cualquier tipo de defensa que le permitiera una situación más equilibrada. De pronto sintió un calor abrasador que brotaba de la palma de su mano.


- ¡Ve más allá! ¡Hazlo pensamiento! ¡Hazlo palabras! ¡Cree en ello! – Gritó Babai desde la distancia.

- Fuego. – Dijo Samuel con convicción.

Rápidamente una gran llamarada de fuego en espiral salió de su mano y arrastró a la bestia varios metros. - ¡Fuego! – Repitió Samuel. Y otra llamarada abatió a la bestia y la precipitó a través de la otra ventana de la habitación, que golpeó en el suelo con un gran estruendo. Samuel se asomó entre los cristales rotos de la ventana para observar a la bestia yaciendo en el suelo, humeando y respirando con gran dificultad. Velozmente, Samuel salió de la habitación y corrió escaleras abajo en dirección a la calle. Allí estaba la bestia, moribunda en el suelo y rugiendo su último aliento de vida.


- Hay que creer lo suficiente en ello como para conseguir controlar este tipo de cosas. – Afirmó Babai. – A algunos les basta con sólo pensarlo, al principio es de gran ayuda pronunciarlo. – Añadió.

- Pero, ¿qué es esto? ¿Magia? ¿Brujería? – Preguntó incrédulo.
- Nada de eso, simplemente estás controlando tu mente, estás tomando parte activa en lo que ocurre, controlando la realidad. Ni aún siquiera en los sueños somos capaces de saber cuánto es nuestro potencial. Por eso estoy aquí, para ayudarte a controlar tu mente.
- Fuego. – Volvió a probar Samuel. Pero esta vez no ocurrió nada.
- Todo es cuestión de fé, Samuel. – Dijo Babai.

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